Del incendio a las inundaciones

Uholdea kanpamentu berrian

Con en el invierno a la vuelta de la esquina, la situación de las personas refugiadas en el campo de Lesbos sigue siendo desolador. Expuestas a las inclemencias del tiempo, las más de 7.000 personas que malviven en el nuevo campamento continúan durmiendo en tiendas mal aisladas y sobre un suelo que se inunda cada vez que llueve. Y parece que la cosa solo va a ir a peor.

El terreno sobre el que se asienta el campo no es capaz de drenar el agua, y ésta corre por entre las tiendas cada vez que hay tormenta, haciendo que a la gente le sea imposible mantenerse seca. Y eso nos lleva a pensar: ¿Qué pasara cuando las lluvias duren días y semanas? ¿Cómo harán frente al agua cuando el viento arrecie y caigan las temperaturas? Lo cierto es que la cosa no pinta nada bien.

Sin embargo, lejos de buscar alternativas seguras, el gobierno griego sigue apostando por mantener a toda esta gente en el campo al menos hasta verano, con la esperanza de poder construir para entonces un nuevo centro de detención en la isla con el beneplácito de la Unión Europea.

¿Pero acaso no han entendido nada? El incendio de Moria ya nos dejó muy claro que encerrar a la gente en campos superpoblados no es una buena idea la cojas por donde la cojas, ¿y aún así seguimos cometiendo el mismo error? La gente continuará sufriendo injustamente y las desgracias se sucederán unas a otras como hasta ahora.

Sin ir más lejos, el lunes, otro incendio arrasó parte del campamento de refugiados de la isla de Samos, en el que viven más de 4.000 personas, quemando los hogares de cientos de ellas. Además, pocos días antes, un fuego originado por una cocinilla también quemó dos tiendas del nuevo campamento de Lesbos.

Así pues, no faltan motivos para pensar que la tragedia de Moria podría repetirse en cualquier momento, pero tampoco parece que eso sea algo que inquiete demasiado al gobierno.

La desprotección a la que somete a las personas refugiadas también quedó en evidencia con el terremoto que sacudió las costas del Egeo el 30 de octubre. Aquel día las autoridades, alertadas por el riesgo de tsunamis derivados del movimiento sísmico, tuvieron que pedir a la gente que abandonara sus tiendas y que se alejara del campamento, situado a la orilla del mar, para impedir una tragedia aún mayor que la del incendio de septiembre. Un “sálvese quien pueda” en toda regla que define a la perfección los protocolos de emergencia del gobierno para los campamentos de refugiados.

Llueve sobre mojado

Durante el mes de octubre, las autoridades del nuevo campo han conseguido implantar un funcionamiento interno que, al igual que en Moria, vulnera sistemáticamente los derechos fundamentales de sus residentes.

Sujetas a un estricto horario de entrada y de salida, las personas refugiadas solo pueden abandonar el campamento durante un intervalo de doce horas que va desde las ocho de la mañana a las ocho de la tarde, y los domingos ni siquiera tienen esa opción. Además, la policía también bloquea las salidas cada vez el porcentaje de residentes que están fuera del campamento se acerca al 10%, asumiendo que 700 personas migrantes circulando libremente por las calles de Lesbos son demasiadas.

Ahora bien, por mucho que les obliguen a quedarse en el campo, lo de asegurarles unas condiciones de vida dignas en él sigue siendo mucho pedir para un gobierno que, tras mes y medio, aún no ha sido capaz de instalar duchas para los residentes. La gente sigue limpiándose usando bidones y botellas con agua fría, y aún tiene que buscarse la vida para poder hacerse con un plato de comida caliente que llevarse a la boca.

Así pues, los miembros de Zaporeak estamos más comprometidos que nunca con nuestra labor, conscientes de que, a pesar de las dificultades, debemos seguir trabajando para denunciar lo que está ocurriendo en Lesbos y ofrecer un trato digno a las personas que están aquí atrapadas.